viernes, 11 de abril de 2014

Rendijas de la memoria

Imagen de la mirada de cristal
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Dedicado a un señor de Boston
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Hablar de la fragilidad del pasado y su recuerdo, es una de esas verdades de Perogrullo por lo obvio que resulta.  Aparentemente, cualquier motivo por fútil o intrascendente que nos parezca, como una música, una conversación trivial, un determinado aroma, un encuentro fortuito, etc… puede devolvernos a él de forma palpable e inequívoca.

Pero, tengo para mí,  que el paso inexorable de sucesos que conlleva esta entelequia en la que vivimos inmersos y que nombramos como tiempo, nos hace alterar a voluntad propia esas evocaciones. Y aunque algunas se mantienen incólumes a lo largo de los años, otras se transforman poco a poco, al igual que la mayoría de nosotros.

Podría decirse que cuanto más lejanas o intensas… más cambia la sensación que ahora nos producen, hasta tal punto que en algunos casos, nos cuesta reconocernos en ellas. No hablo de la forma secuencial o material de las vivencias, porque lo que pasó, pasó! y eso es inmodificable en la memoria. Salvo patologías, claro. Pero no así, el ‘sabor’ y la multitud de matices que en su día nos dejaron, para bien o para mal...

Como cuando miramos esas viejas fotografías, que todos conservamos y que siempre salen por algún rincón.
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lunes, 31 de marzo de 2014

Próxima parada: Desencanto...

 Imagen de James Maher
http://theballast.wordpress.com/2010/09/24/ten-photographs-by-james-maher/
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No sé bien lo que me digo porque no sé con “qué” conmigo hablo. Tengo nostalgia de todo lo que no soy y remordimientos por todo lo que no he hecho. Escribo para conocerme mejor, pero cuanto más escribo más extraña me resulta la persona que habla en mí…
Lorenzo Oliván
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Está claro que indagar en nuestro laberinto interior, sin importar que medio utilicemos, acostumbra a ser un camino que nos acerca a lo que nombramos como sabiduría. Duro, pero quizás el único que nos permite admitirnos y nos saca de la otredad de ese espejo interno que siempre nos cierne atento.

Por eso, en este trayecto en espiral, que al final resulta ser la vida y aún huyendo de lo sentencioso e instalados en la vía correcta, la mayoría de paradas se amontonan en nombres como: 

a punto de, junto a escasos por fin…, algún fortuito, mira por donde… Sin olvidarnos de los inevitables, ni de coña! :)

Y es que, cuesta! enfrentarse al propio yo más que a cualquier otro… Sobre todo, porque más pronto que tarde, nos instalamos definitivamente en ‘País Desencanto’.
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Dedicado, música incluída, ;) a la improvisada 'tertulia' de esta mañana.




domingo, 16 de marzo de 2014

El azor

Imagen de La mirada de cristal
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Si no quedara la estival esencia,
En muros de cristal cautivo líquido,
La belleza y su fruto morirían
Sin dejar ni el recuerdo de su forma
W. Shakespeare
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Siguiendo el vuelo de caza del azor, descubre esa  gruta oscura y silenciosa, en la que al entrar no puede evitar un escalofrío. Por un breve instante, tiene la impresión de haber perturbado alguna presencia, como si hubiese llegado en un tiempo que no fuese el suyo… Pero la exquisita luz de la grieta del fondo, resulta una llamada inexcusable, en la que un bello pero peligroso acantilado se manifiesta espléndido, para susurrarle la singular melodía que trae el viento.

Un horizonte de senderos dispares, que traen y llevan sensaciones conocidas, pero ya olvidadas, apartadas...

Todo parece nimio y lejano desde esa recoleta y extraña linterna.

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domingo, 23 de febrero de 2014

Intervalo

Imagen de La mirada de cristal
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En este presente ígnaro, que desconoce si es orilla de pasado o de futuro, se siguen marchitando los días… huele a tiempo perdido, a invierno que resiste… Pero allá, a lo lejos, en distante y bello contubernio, huyen las nubes con el viento.

Me pregunto una vez más, ¿adónde irán?
   

Consumado el extravío, el refugio de retornar a la templanza del camino. También en tierra firme, existe el hallazgo afortunado, de la extraña e impensada belleza del rincón olvidado. 
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miércoles, 12 de febrero de 2014

Sé tu nombre

Imagen de La mirada de cristal
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"Había perdido todos los significados de la palabra esperanza"
Albert Sánchez Piñol (La piel fría)
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Hace tiempo que te encuentro a menudo, entre los pasillos del parking del centro comercial. Casi siempre, a la espera de  clientes del supermercado. Me explicaste un día, que has aprendido, que es mucho más fácil conseguir comida, que efectivo. Aunque tampoco lo rechazas, en tu situación, cualquier ayuda es bienvenida.

Me resulta imposible calcular tu edad, pero desde que sé de ti, has adelgazado y tu piel, ha ido cambiando su tono pálido por el rojizo intemperie. La derrota y la enfermedad, han profundizado tus arrugas, mudando de forma evidente, la expresión inquisitiva del que no entiende nada… por la tristeza de tu ¿qué más da? en respuesta a mi ¿cómo estás?.

Hablamos algunas veces y sé porqué… pero eso, ha dejado de ser importante para ti,  me lo contaste un día, pero hasta hoy, no he comprendido porque es así.  Esta tarde, al despedirnos, mientras palpaba tu fragilidad y tu cansancio al abrazarte, has murmurado muy clara tu razón.
  
-Gracias por la ayuda, pero sobre todo, por la compañía y acordarte de mi nombre. Ya son más las veces, que soy invisible que visible...

Mientras conducía de regreso, pensaba, que cuando el camino nos abruma hasta el extremo, quizás, no queda más remedio que pactar con los fracasos del pasado y las tinieblas del futuro, para que esa mezcla de tiempos, nos permita viajar por nuestros días escapando o transformando algo del presente que vivimos.


No he sido capaz de decírtelo, pero te deseo lo mejor.

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lunes, 27 de enero de 2014

Sucedió en París

http://marcianosfoto.org/nuevagaleria/thumbnails.php?album=72&page=4
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Hace unos años, regalé un recuerdo a un buen amigo. Basándose en él, compuso una sugerente historia de encuentro y sincronía. Si no me falla la memoria, además de escaso de tiempo, andaba comprometido en unos de esos talleres de escritura, en los que se trabajan relatos, que han de incluir inexcusablemente, unas determinadas palabras. Como le sé lector habitual de este espacio, espero que no le importe que lo recupere ahora para mí.

Viene esto a colación, porque unos días atrás, leyendo en un blog afín, probablemente porque el texto transcurría en la misma ciudad y unas cosas llevan a las otras… ese mismo recuerdo regresó a mi memoria con  nitidez. En el mío, no hay acercamiento romántico, pero sí sincronía y es además auténtico.
También, porque hay momentos o sucedidos, sencillos por demás, como este, que ya en presente se viven como inolvidables, por una conjunción de factores que nos inclinan a una especial disposición del ánimo y que luego el transcurso del tiempo termina por confirmar y reconvertir en auténticas epifanías.

Tiempo atrás, sin importar demasiado los motivos de porque era así, la que suscribe, siempre en invierno, viajaba con cierta frecuencia a París. Al punto, de que podría decirse, que aún hoy, me resultaría difícil ‘perderme’ en esa enorme urbe. Pronto descubrí, que me resultaba mucho más agradable, después de finalizadas mis obligaciones o devociones, alojarme en cualquiera de los pequeños y encantadores hotelitos de la orilla izquierda de La Seine, tan o más confortables, que en las impersonales e idénticas, sin importar el país en que te halles, habitaciones de las grandes cadenas. Además de ser mucho más económico.

En una de esas ocasiones, un tanto cansada de ver las mismas caras de ese viaje, con la excusa de ir en busca de prensa española, me disculpé ante mis acompañantes, y decidí salir en busca del silencio y la soledad de a quien le cuesta lo suyo ponerse en marcha por las mañanas, y por ello, todo le molesta. La intención, era desayunar sola en alguno de los cafés cercanos, huyendo así del rumor de la prevista e insulsa charla de comedor. Otra de las ventajas de estar en pleno centro. Esta vez, muy cerca de La Sorbonne, una zona muy frecuentada por gente joven, sobre todo estudiantes.

En la calle, me esperaba el típico día desapacible del Enero parisino. Un intenso frío, acompañado de un considerable manto blanco que lo cubría todo. Y a tenor de lo que seguía cayendo, en aumento. Pero eso, lejos de disuadirme, me animó. Parece como si la nieve, para quien no la padece a menudo, tuviese un cierto poder terapéutico. Mientras elegía itinerario, disfrutando al comprobar como mis pisadas eran las únicas de esa acera, una inexplicable alegría de niñez, me invadía. Resolví entonces, seguir caminando un poco sin rumbo, intentando alargar el momento… hasta que de forma inesperada, al doblar una esquina, una música no muy lejana llegó a mis oídos marcándome la dirección a tomar.

Siguiendo ese rastro sonoro, pronto me encontré en una semi plaza, que a día de hoy, me resultaría imposible mentar por su nombre, pero que recuerdo muy cerca ya, de los Jardines de Luxemburgo. Y ahí, la maravilla.
Tres jóvenes, uno al chelo, las otras dos al violín, en mi recuerdo bellísimos!, como esos angelotes de las postales de navidad de Ferrándiz, ejecutaban la Serenata Nocturna de Mozart, bajo los copos de nieve, como si tal cosa. Eran y quizás lo fueron… como una aparición benévola… Totalmente extasiada, me uní a un exiguo corro de espectadores, a  los que el tiempo, igual que a mí, se les detuvo durante un incierto lapso, imposible de calcular.

Quizás una burbuja de eternidad… en donde se palpaba, aún hoy lo siento así, que estuvimos, solo, los que teníamos que estar.

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martes, 14 de enero de 2014

La carta...

http://retofotografico.blogspot.com.es/2012_02_01_archive.html
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Allá en el fondo, todas las palabras que dijimos y de las que ya no guardamos recuerdo, duermen bajo las aguas.
Duermen aquellas que no supimos decir y esperan su turno para salir a flote. Las cartas que hemos roto, las no recibidas y las veces que hemos dicho adiós. La pena que sentimos y que ahora, al recordarla, nos parece pequeña. La risa o el llanto que no llegó a brotar. La amistad que buscamos en el momento difícil y que resultó más débil que nosotros, más falta de ayuda. La persona a quien quisimos consolar y nos sirvió de consuelo...
                                                  Todo duerme allí, en ese fondo.
                                                   
                                       Carmen Kurtz 'Duermen bajo las aguas'
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Producto de la búsqueda de lectura para una invitada ocasional, las dos cartas, con la tinta ya desvaída por el tiempo, resbalaron a la vez de entre las hojas amarillentas de un viejo ejemplar, de la novela de Carmen Kurtz ‘Duermen bajo las aguas’.

Una con su matasellos, daba cuenta del inicio de la correspondencia, la otra, sin sobre, era claramente la contestación a la primera, pero nunca se había llegado a enviar.

La recibida, hablaba de reencuentro, mientras que la respuesta, era un claro adiós. Retazos de la historia de dos almas que volaron al unísono en un tiempo fugaz. La crónica esquemática de un verano que fue umbral en dos itinerarios. Un breve fragmento de vida, rescatado ahora al azar, de las profundidades de una época lejana. Olvidada. Y de la que probablemente, nadie que no fuera ella en ese instante, guardaría ya memoria.

Siempre se le habían dado mal las despedidas… quizás fuese esa, la primera vez en que sencillamente, desapareció… A tenor de las letras del remitente, una actitud plenamente supuesta en la otra orilla. Porque no son pocas las ocasiones en las que, cuando las palabras deciden esconderse, el silencio, aunque quizás cruel,  es la réplica o la solución? más clara, a no importa el planteamiento.

Como fuese, al releer de nuevo la cita de Kurtz, pensó que ambas misivas, habían sabido escoger bien donde sobrevivir.

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