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Que la vida es un acto de elección permanente día a día, casi momento a momento, parece evidente. Dentro de ese período que el azar universal nos ha adjudicado a cada uno, estamos decidiendo continuamente que hacer con ese tiempo, con nuestros pensamientos y con los diferentes estímulos que se nos van presentando a lo largo de ella. Hay cosas inaplazables, diría incluso inabordables y fuera de nuestro alcance, como nacer, el trance de parir, incluso morir… aunque en ese cierre de telón se pueda llegar a interactuar. O las catástrofes naturales imprevisibles e inesperadas, que no nos dan la opción de elegir… si no que nos obligan a ello…
Hace unos días, en una comida improvisada de amigos, después de hablar de las tonterías y novedades pertinentes, se terminó por tocar este tema y casi todos intentamos traducir ese jeroglífico que significa tomar una decisión… Hubo opiniones encontradas y para todos los gustos pero de lo que coincidimos y aunamos opiniones, intentaré hacer un breve* resumen. A ver que os parece...
El hecho de escoger, acostumbra a implicar un abanico de opciones y es también una renuncia en si mismo. Sin importar el asunto a dirimir, a menudo representa un dilema difícil, porque a nadie le gusta abandonar alternativas así como así. Por eso somos muchos los que, y perdonarme la ordinariez, “nos la cogemos con papel de fumar” antes no decidimos si saltamos con red o sin red o simplemente si saltamos o no...
Hay temas que no presentan una dificultad especial, independientemente de la idiosincrasia de cada uno y también de la situación vital en la que nos encontremos en ese momento. Por ejemplo, en principio, es relativamente sencillo elegir en una carta de restaurante, donde vamos a pasar unos días de asueto, o si nos vamos de copas el viernes, el sábado… o lo dos días… jeje! Otras veces esas disyuntivas se convierten en un acto inconsciente, como cuando optamos por cambiar inopinadamente un itinerario habitual, o en un insólito arrebato, telefonear a ese amigo del que hace años no tenemos noticias y que de forma súbita, casi inexplicable nos ha venido a la mente. También cuando decidimos hablar con ese desconocid@ que encontramos casualmente ¿o causalmente? en nuestro recorrido vital.
Hay temas que no presentan una dificultad especial, independientemente de la idiosincrasia de cada uno y también de la situación vital en la que nos encontremos en ese momento. Por ejemplo, en principio, es relativamente sencillo elegir en una carta de restaurante, donde vamos a pasar unos días de asueto, o si nos vamos de copas el viernes, el sábado… o lo dos días… jeje! Otras veces esas disyuntivas se convierten en un acto inconsciente, como cuando optamos por cambiar inopinadamente un itinerario habitual, o en un insólito arrebato, telefonear a ese amigo del que hace años no tenemos noticias y que de forma súbita, casi inexplicable nos ha venido a la mente. También cuando decidimos hablar con ese desconocid@ que encontramos casualmente ¿o causalmente? en nuestro recorrido vital.
Y aunque todo ello acostumbre a no desembocar en nada significativo en primera instancia, no deja de ser importante. Sobre todo, por lo que puede influir en nuestra trayectoria de vida el “azar” de determinar una u otra cosa. Pero a pesar del asombro que suelen despertarnos las, a veces, consecuencias de esos albures, son planteamientos que habitualmente nos hacemos a “toro pasado".
Hay también temas que no nos comprometen en absoluto, incluso nos permiten quedarnos con todo el conjunto de posibilidades. Un ejemplo muy claro sería la música, el deleite que nos proporciona la contemplación del arte o el disfrute de la naturaleza, aparentemente decisiones sin tensión y en las que el único requisito a tener en cuenta sería el estado de ánimo de ese momento y el fugaz tiempo. Pero aún así, son oportunidades no demasiado abundantes.
Luego están esas otras decisiones, que ya de entrada nos cuestan, que nos ponen los pelos de punta… o nos dan urticaria directamente… son preguntas, que escribiré en condicional dubitativo-reflexivo, y que abarcan todo tipo de cuestiones, profesionales y personales del tipo:
- ¿Y si se lo digo…?
- ¿Y si me voy?
- ¿Y si me quedo?
- ¿Y si abandono?
- ¿Y si presento batalla?
- ¿Y si sigo como si nada?
- ¿ Y si no fuese “esto” lo mejor?
- ¿Y si no es verdad?
- ¿Y si dejo pasar la oportunidad?
- ¿Y si me voy?
- ¿Y si me quedo?
- ¿Y si abandono?
- ¿Y si presento batalla?
- ¿Y si sigo como si nada?
- ¿ Y si no fuese “esto” lo mejor?
- ¿Y si no es verdad?
- ¿Y si dejo pasar la oportunidad?
Y mil “y síes…” más, que se os acaban de pasar a todos por el cabezo.
Ay! los “ y si…” que dependiendo de la imaginación de cada uno… nos pueden volver completamente tarumbas...
Todos y cada uno de esos “Y si…” sin importar el carácter, las circunstancias o la cultura en que nos movamos, nos pueden retener “ad eternum” a la espera de tomar la decisión más sabia. Y frecuentemente, esperando algún cambalache afortunado, que en la mayoría de ocasiones, a pesar de nuestros fervientes deseos, no acaba de producirse por si mismo. Y es que los Santos Advenimientos, milagritos varios aparte, no nos engañemos, o los provocamos nosotros mismos o no se producirán nunca…
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*eeeh… breve… ¿comparándolo con qué?
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*eeeh… breve… ¿comparándolo con qué?





