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martes, 14 de enero de 2014

La carta...

http://retofotografico.blogspot.com.es/2012_02_01_archive.html
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Allá en el fondo, todas las palabras que dijimos y de las que ya no guardamos recuerdo, duermen bajo las aguas.
Duermen aquellas que no supimos decir y esperan su turno para salir a flote. Las cartas que hemos roto, las no recibidas y las veces que hemos dicho adiós. La pena que sentimos y que ahora, al recordarla, nos parece pequeña. La risa o el llanto que no llegó a brotar. La amistad que buscamos en el momento difícil y que resultó más débil que nosotros, más falta de ayuda. La persona a quien quisimos consolar y nos sirvió de consuelo...
                                                  Todo duerme allí, en ese fondo.
                                                   
                                       Carmen Kurtz 'Duermen bajo las aguas'
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Producto de la búsqueda de lectura para una invitada ocasional, las dos cartas, con la tinta ya desvaída por el tiempo, resbalaron a la vez de entre las hojas amarillentas de un viejo ejemplar, de la novela de Carmen Kurtz ‘Duermen bajo las aguas’.

Una con su matasellos, daba cuenta del inicio de la correspondencia, la otra, sin sobre, era claramente la contestación a la primera, pero nunca se había llegado a enviar.

La recibida, hablaba de reencuentro, mientras que la respuesta, era un claro adiós. Retazos de la historia de dos almas que volaron al unísono en un tiempo fugaz. La crónica esquemática de un verano que fue umbral en dos itinerarios. Un breve fragmento de vida, rescatado ahora al azar, de las profundidades de una época lejana. Olvidada. Y de la que probablemente, nadie que no fuera ella en ese instante, guardaría ya memoria.

Siempre se le habían dado mal las despedidas… quizás fuese esa, la primera vez en que sencillamente, desapareció… A tenor de las letras del remitente, una actitud plenamente supuesta en la otra orilla. Porque no son pocas las ocasiones en las que, cuando las palabras deciden esconderse, el silencio, aunque quizás cruel,  es la réplica o la solución? más clara, a no importa el planteamiento.

Como fuese, al releer de nuevo la cita de Kurtz, pensó que ambas misivas, habían sabido escoger bien donde sobrevivir.

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miércoles, 4 de diciembre de 2013

Desempolvando...

                                                 http://www.flickr.com/photos/jordasin/291308740/in/photostream
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Esta, es una antigua entrada, que publiqué con el título de Cuento de Navidad. Un café ¡venga! y que hoy he creído oportuno desempolvar. De ahí el título. Y como de eso, hace ya cinco añitos del ala, espero y deseo, que además de que os guste... os sepa a nuevo...
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Su esposo le pasó el diario abierto por el obituario.

- ¡Eh! ¿esta Marta no es tu amiga?

La esquela resaltada en negro, le escupió un Marta Navarro Peña que la sobrecogió.
“Sus apenados hijos, Ramón y Enma comunican..."

Sin duda era ella. Después de tanta búsqueda…al fin... lástima que fuera en esas circunstancias.
La reseña decía que se daba el duelo por recibido, sin facilitar  ninguna dirección mortuoria…
Durante un buen rato se quedó en suspenso sin saber que hacer. Pero al cabo de unas horas, decidió que haría una visita a alguien en honor de Marta. Aunque nunca se lo había dicho, le constaba que también se había hartado de buscarla sin resultado alguno. Merecía saberlo.

-Hola, Luis -saludó al entrar-

-¡Hombre, Esther! ¿cómo va todo?

Entre ellos había una curiosa familiaridad, aunque en realidad apenas se conocían. Un azar puro y duro había creado esa relación ocasional y siempre que se acercaba por allí, muy de vez en cuando, no podían dejar de acordarse de como se conocieron. No acostumbraban a hablar de ello, pero siempre que se veían, ese recuerdo flotaba entre ellos.

Un par de años atrás, había entrado en esa chocolatería por casualidad, cansada de cargar las bolsas. Le venía de paso y el frío en la calle era intenso esa mañana. Un calorcito agradable la confortó al entrar, permitiéndole sacarse el abrigo y los guantes. En la TV, los niños de San Ildefonso cantaban los números de la lotería de Navidad como si les fuera la vida en ello.
Se sentó en la única mesa libre, junto a la cristalera; le gustaba ver la calle abarrotada de gente, entrando y saliendo de las tiendas. Miró hacia la barra buscando con la vista al camarero y entonces la vio. Una “sin techo”, encaramada en el taburete del rincón con sus infra pertenencias rodeándola, la miraba atentamente. Pasando el rato, retardando el momento de salir de nuevo a la intemperie. No sería mucho mayor que ella.

Mientras se acababa de instalar, pensó brevemente en que no era extraño que se hubiera puesto al abrigo del frío y que tenía suerte de que la hubieran dejado entrar en el local. Menos mal. Intuyó que provenía del albergue para indigentes de dos calles más abajo,que debía de estar a tope a causa de la temperatura reinante. En ese barrio del casco antiguo, en pleno centro, no era extraño tropezarse con alguno.

Como buena urbanita curtida, en cuanto el camarero se acercó dejó de prestarle atención. Ordenó un chocolate con una ensaimada, mientras repasaba mentalmente la lista de regalos que tenía y los que le faltaban.

Desde que sus hijos habían crecido, cada año se le hacía más cansino todo ese montaje de regalos, comilonas, visitas obligadas y alegrías forzadas. Lo daba por otra de tantas batallas perdidas… Pasaba de tirarse el típico rollo “progre” de: “a mí, nunca me ha gustado la Navidad” aunque fuera bien cierto en su caso. Ni de niña. Y tenía claro, que había cosas que le gustaban muchísimo menos.

Siguiendo el curso de sus pensamientos, después de observar las bolsas, calculó que le faltaban tres regalos. Decidió que saliendo de allí se acercaría al Corte Inglés y lo dejaría solventado en un dos por tres. Sonrió para ella misma, sintiéndose un poco estúpida, por el cutre pareado que le acababa de salir. Sonó el móvil y mantuvo una breve conversación con su hermana, ultimando detalles de la cena de Nochebuena.

Mientras se ponía el abrigo y los guantes de nuevo, para abandonar el local, una ráfaga de viento helado se coló por la puerta, al tiempo que entraban dos críos con su madre. Sonrió otra vez con una cierta nostalgia, al oír como los amenazaba con suspender la entrega de la carta a Papá Noel si no dejaban de pelearse. Se sentaron justo enfrente de la vagabunda.

Por un momento, sus miradas volvieron a cruzarse. Y de pronto, como una revelación, algo le dijo que la mujer no había dejado de observarla. La vio saltar del taburete mucho más ágil de lo que nunca hubiera supuesto, avanzando hacia ella sonriendo. No miró hacia atrás, después de hacerlo disimuladamente a ambos lados, porque se sentía totalmente atrapada en aquella mirada…
Y también, porque en medio de ese súbito pasmo, un escalofrío de recuerdo se abría en su mente, al escuchar  como pronunciaba su nombre...

-Hola, Esther...

No salía de su asombro, no era posible…. Parecía… Pero...

- No te acordarás de mí… Soy Marta, Marta Navarro... del Instituto…. hicimos el Bachillerato y el COU juntas. Me sentaba justo detrás tuyo.

Inmersa en un considerable desconcierto, apenas acertó a balbucir en voz baja:

-Sí, sí, sé quien eres…discúlpame, no te había reconocido...

Aunque sus pensamientos se sucedían a toda velocidad, la sorpresa la mantenía paralizada. No se atrevía a preguntar ¿qué tal? o ¿Cómo te va todo? porque lo que de verdad pugnaba por salir de sus labios era un ¿pero qué te ha pasado? ¡así de grande!

En su porte y en sus ojos, aún se adivinaba un último rastro de dignidad, pero su cara reflejaba claramente las huellas y los estragos de años de alcohol y vida callejera. ¿Y qué se había hecho de aquella espléndida melena que la distinguía? ¡Por Dios...!

Ella, que siempre fue mucho más desenvuelta, la sacó del apuro.

-¡Cuánto tiempo! ¿verdad? Al principio no estaba segura de si eras tú, pero cuando te he oído hablar por el móvil ya no he tenido dudas. Andas de compras de Navidad supongo.... Yo vengo a desayunar aquí, a veces… -con algo menos de aplomo-

Casi se sonrojó al ver como miraba las bolsas. Se sintió como una pija miserable y prepotente. Pero reaccionó al fin.

-Pues me alegro de verte Marta, siéntate aquí conmigo y hablamos eh?

-Tendrás prisa… ya te ibas… -La miraba a los ojos-

- Un café, ¡venga! -Le sostuvo la mirada-

Marta aceptó el café y se sentaron.

Y contra todo pronóstico, la química que las uniera un día, volvió a funcionar casi de inmediato. En apenas media hora, era como si se hubieran visto un par de semanas antes. Marta desplegó todo su encanto, que no era poco, y la verdad es que había mucho para contar por ambas partes.

Realmente, habían estado muy unidas en esos años de Instituto. Y en el fondo de aquellas pupilas, aun latía el alma de aquella adolescente con la que tanto había congeniado y compartido en esos años mágicos de iniciación y descubrimientos en mil correrías. Habían sido inseparables. Su madre las llamaba: “el pack”. Luego, al empezar la Universidad en Facultades diferentes, poco a poco e inexplicablemente, se habían ido distanciando hasta perderse la pista. Lo último que había sabido de ella, hasta ese momento, es que se había ido a Alemania con una beca.

También sorprendentemente, al cabo de varias horas de conversación, Marta, era cualquier cosa menos una perdedora. Su peripecia vital resultó ser tan intensa y apasionante, que redujo su indigencia casi a una pura anécdota más. Inspiró cualquier cosa menos lástima. Quizás, porque la inteligencia es siempre un grado superlativo, que faculta a quien lo posee, para apreciar o disfrutar la vida desde muchos y distintos puntos de vista.

Les costó despedirse con la chocolatería a punto de cerrar, cerca de las diez de la noche. Luis, las fue atendiendo durante toda la jornada, observándolas con curiosidad y disimulo al principio, pero el diminuto local no permitía más que una intimidad muy relativa.

Al final de la tarde, intervenía en la conversación riendo abiertamente con ellas. Cautivado por la situación y por la simpatía de Marta, que no cesaba de gastarle bromas y se lo había metido en el bolsillo sin reservas. A pesar de los avatares de su vida, conservaba fresca aquella fina ironía un poco cínica, que le salía de natural y que siempre la hizo tan especial. Al pedir la cuenta, les hizo prometer que volverían si las invitaba. Ambas lo juraron solemnemente entre risas.

Llegado el momento de irse, Esther le facilitó su dirección y su teléfono, conminándola cariñosamente  varias veces a que mantuviesen el contacto. Marta prometió llamarla a no tardar, para darle su nueva dirección en cuanto se instalara...

-Pero en su mirada, latía claro el “adiós”-

Hoy, igual que otras veces, hablaban de nimiedades, pero mientras lo hacían... Esther le pidió un bolígrafo al mismo tiempo que abría el diario y rodeaba con un círculo la esquela. Entretanto él la leía atentamente, abandonó por última vez el local.
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domingo, 3 de noviembre de 2013

De hipérboles e imposibles...

Imagen de La mirada de cristal
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Sólo tendremos lo que hayamos dado.
Ida Vitale
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La cinta, empuja el equipaje con suavidad. En su mente, aún resiste esa mirada perdida, como de perro abandonado… que vuelve a sumirla en la culpabilidad de esos adioses puntuales.

Al atravesar el arco de metales, piensa que esto no era lo pactado, ni siquiera lo esperado, y a ello se aferra como último recurso. Lo han hablado por activa y por pasiva, para siempre ponerse de acuerdo, escabulléndose todas las veces, en la misma mentira... Una hipérbole a la baja, que no es óbice para que en cada despedida la invada esa inesperada y vaga sensación del verdugo.

La factura de ese desgaste de tiempo y desencuentro llega ya en las nubes. Un flashback de imágenes aflora imparable, sumergiéndola en un capítulo de su vida de una belleza impoluta. Perfecta. Quizás ‘la historia’, por antonomasia. Pero desleída en esa misma nostalgia de lo vivido, de lo sentido… de lo que aún ‘es’, en un deje de amargura, asoma el topo de la liberación. Del fin.

Sabe que es el tiempo. En el fondo, lo que impedirá el estropicio. Porque tan importante como la llegada, es el momento de la partida.

Y es que a pesar del esplendor, de la serendipia del hechizo, de ese embrujo enajenado y fuera de lo común… hay mochilas, que más allá del error o acierto que represente su asunción, se viven como inexcusables. Por eso, lo que no puede ser, no puede ser… y además es imposible. 

Pero ese tiempo, les pertenece para siempre.
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sábado, 28 de septiembre de 2013

La magia de lo breve...

Imagen de la mirada de cristal
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La magia de lo breve, es tan solo el reflejo benévolo de lo imposible.
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Cuando descubre por primera vez la intensa mirada del espectador de unas cuantas butacas más allá, la sala de conciertos, a rebosar, ya está en penumbra y los músicos han dado su postrer ‘afine’. Los asientos vacíos entre ambos y la columna de su derecha, evidencian que ella es, sin ninguna duda, el objeto de su aparente curiosidad. Pero está tan lejos de su hábitat natural, que sabe con seguridad que probablemente la oscuridad y las gafas de miope que luce el mirón, provocan su confusión. Y pronto las notas del concierto de Mendelsshon y el virtuosismo del concertino, absorben su atención, haciendo que todo lo que no sea música pase a un segundo plano lejano. Está en uno de los -concert hall- europeos considerados una meca. No se escucha una tos, ni una respiración. Nada. La compenetración entre oyentes y ejecutantes es pluscuamperfecta, cada uno en su sitio, dando muestras de una gran profesionalidad. Sólo esa mirada que insiste, está fuera de lugar. Finalizando el Allegro, a punto de pasar al Andante, vuelve a sentirla con obviedad y decide enfrentarla en un –ya vale- que afortunadamente parece ser la solución.

En la pausa, el desconocido, muy educada y ceremoniosamente se atreve a abordarla para disculparse por su insistencia. Ella no habla su lengua pero ante sus evidentes excusas, murmura en inglés: ok, y un, lo siento, pero no hablo su idioma.
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Apoyándose en ese lenguaje internacional que es la mímica, da entender además, que no está interesada en nada que él pueda explicarle u ofrecerle, encogiéndose de hombros e iniciando la retirada. Pero él, no ceja, y cambia inmediatamente de idioma, para rogarle que espere unos segundos. La impaciente más arrogante que vive en ella, está a punto de hacer su aparición, cuando él  extrae rápidamente una fotografía de su billetera y se la muestra. Y ese otro lenguaje internacional, que sólo se habla con los ojos… hace también acto de presencia. Desde esa cartulina, un tanto ajada que le presenta ese extraño personaje, una desconocida que guarda un parecido más que notable con ella, le sonríe.

Al levantar la vista del retrato, desde su súbita mudez, enfrenta unos ojos arrasados de emoción que vuelven a pedirle disculpas. “Su” ya no tan 'extraño', más o menos repuesto, le hace saber que la foto es de su esposa, fallecida hace algo más de dos años. Que ese concierto de Mendelssohn, tuvo un gran significado para ambos y que cuando la ha visto en esa butaca tan cercana, ha creído ver algo más que visiones y le ha producido una gran inquietud. Que no cree que sea una casualidad, y que sabe que le parecerá raro lo que va proponerle… pero aceptará cualquier respuesta suya con agrado.

-Señora, si vd. fuese tan amable de sentarse en la butaca contigua a la mía, le quedaría eternamente agradecido.

Ahora es ella la que lo mira fascinada, colapsada por la situación, desbordada, procesando toda esa información a marchas forzadas. Suena el último aviso en el pasillo de acceso a los palcos, y la iluminación comienza a menguar de nuevo. Él murmura un dócil pero profundo, please! Madame… y le ofrece su mano que no soltará hasta que se enciendan de nuevo las luces.

Finalizado el concierto o el sortilegio… una breve charla de compromiso en el ambigú del precioso edificio neorrenacentista, mientras hacen ver que toman una copa. Lo justo, para sorprenderse con su nacionalidad, saber que ella parte al día siguiente hacia su país, darse sus nombres… Un cruce cortés y más que improbable de direcciones electrónicas y poco más. Apenas 15 minutos.

Quienes la esperan, atribuyen el brillo de su mirada y su aire distraído a la emoción generada por la música. Ella, asiente y guarda silencio. Hay vivencias que no tienen explicación. Hacerlo, no haría más que embarrarlas. Porque existen historias que pertenecen a otros mundos...

Esa madrugada, mientras la impía lluvia de un otoño avanzado lame los cristales de la ventana del arcaico y robusto edificio de un hotel, que aún respira socialismo por todos sus poros y los árboles se desnudan alegremente regalando el baile de sus hojas a algún otro insomne y a los pocos transeúntes de esa hora nona, ella piensa, que los días huyen veloces, a la contra… vaciando de horas y de vida nuestras manos… al tiempo que en su cabeza se desgranan de nuevo las notas del Concierto en e menor Op.64 de Mendelssohn-B. 
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Dedicado a un desconocido, llamado Vàclav.
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martes, 21 de mayo de 2013

Moisés...

                              http://www.ntca.org.au/our_association/2010agm_photocomp.html
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Hoy es siempre todavía...
(Antonio Machado)
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Desde el camino, el río se veía revuelto después de las últimas lluvias. No acostumbraba a pasar por allí en época de frío y además lo tenía prohibido. Pero ese día, el destino, en uno de sus vericuetos, le tenía preparada una buena sorpresa.

En un momento dado del trayecto, mientras jugaba a sortear charcos, con el estruendo del agua ya asumido por su oído, un sonido diferente, como un gemido… le hizo dirigir la vista hacia el agua de inmediato. Lo que vio, suspendió su respiración por unos segundos. Los gemidos provenían de un saco cerrado, que desde un poco más atrás de donde ella se hallaba, bajaba a toda velocidad dando tumbos de piedra en piedra en medio de la brutal corriente.

Sabía que sólo tenía una posibilidad y debía actuar rápido y de forma precisa. Corrió a lo que daba, hasta el único remanso de esa orilla, en el que quizás se podría acercar lo suficiente al bulto. Cuando entró en el agua, todo a su alrededor había desaparecido… su mundo se limitaba a ese fardo y a la rama en la que se sujetaba como podía… para no perder pie.

Aún no sabía nadar.

Como un milagro, debido a la fuerza del flujo ese día, el mismo torbellino que llenaba ese breve fragmento de ribera de hojas y ramas, escupió casi con violencia el saco, hacia donde ella se encontraba. Se apresuró en estirarlo y sacarlo tan rápido como sus exiguas fuerzas le permitieron. Una vez fuera, sus ateridas manos, no conseguían deshacer los apretados nudos, así que furiosa, rasgó con sus dientes la urdimbre. Helada, empapada y exhausta por el esfuerzo,  sólo sus lágrimas y su indignación ardían en sus mejillas cuando sacó a los cinco cachorros ahogados...
   
Tocar la desesperanza, es aún mucho más duro que descubrir la maldad. Por eso, cuando en un inútil gesto de desesperación, con un cuidado y respeto infinitos les abrazó, quizás esperando insuflarles vida… perdió por completo la noción del tiempo… hasta que un leve movimiento en su pecho, hizo que su corazón se disparase a la carrera. Al mirarles de nuevo,  la mirada vidriosa y aterradora de la muerte innecesaria e inexplicable, no se lo pareció tanto.

Sólo uno, pero se movía!!

Se calzó las katiuskas a toda prisa, lo envolvió en su jersey, la única prenda razonablemente seca y en un santiamén se presentó en casa. En el umbral de la puerta, y ante el estado en que ambos llegaban, su tía, evaluaba rápida la situación. Mientras les secaba a ambos al amor de la lumbre, escuchó atenta y en un ambiguo silencio sus atropelladas explicaciones. Al terminar, ella, la miraba de hito en hito, esperando sentencia.

A lo que muy seria, la mujer, respondió:
Ahora, me acercaré hasta el río a ver que se puede hacer por los demás… Tú, estás castigada por imprudente y desobediente hasta nuevo aviso. Y después de un largo suspiro, al fin sonrió y añadió señalando al cachorro:

Y a él, le llamaremos Moisés ¿no?

domingo, 12 de mayo de 2013

Regreso a Ítaca...

                                                Imagen original aquí:
                                   http://www.flickr.com/photos/fernando-/3283203850/sizes/l/
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 "Lo que vemos, no es lo que vemos, sino lo que somos."
Fernando Pessoa         
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Cuando despertó sola en el camarote, era de noche como solo lo es en alta mar y hasta sus oídos llegaba un inhabitual murmullo de conversación apagada. En otro momento se hubiese asustado o llorado, pero no en esa ocasión. Los niños, poseen una antena especial que acostumbra a detectar de inmediato los sucesos extraordinarios. Y era evidente que algo inusual estaba sucediendo. El rumor, provenía de la cubierta superior, donde se hallaba su camarote. Así que, se calzó rápido mientras trepaba a la litera superior que su hermana ya había abandonado sin avisarla para alcanzar así el ojo de buey desde el que divisó el exterior a la perfección e investigar. Después de casi un mes de viaje con las rutinas del barco completamente asumidas, le sorprendió ver la borda de proa atestada de gente a esa hora, pero aún no acertaba a comprender que sucedía… la mayoría, señalaban algo a lo lejos… ¿quizás habían vuelto los delfines que las habían acompañado durante días? Si era así, pensaba enfadarse  mucho con su hermana por no despertarla! Así que decidió salir en su busca y poner fin a aquel misterio.

En pleno verano, agradeció el relente fresco y húmedo de esa madrugada respirando hondo. En contraste con la tranquila placidez de otras noches, cuando se escondían en las escaleras del puente de mando, con el salón de baile a la vista, donde un mundo decimonónico de lujo y glamour, que estaba condenado a desaparecer para transformarse de forma veloz  e inexorable en clase media, daba sus últimos coletazos. La actividad ahí fuera, se adivinaba esa noche casi frenética. Los marineros baldeaban las cubiertas concentrados, despejando a conciencia puertas y pasarelas, de tumbonas, sillas, hamacas y todo tipo de menaje de exterior. Nadie parecía prestarle atención, así que siguió avanzando en busca de su hermana, a la que no tardó en divisar. Era la única, de los muy pocos niños de ese viaje, que estaba ahí, en primera fila… Como siempre, un paso por delante de todos los demás.

- ¿Dónde vas sin chaqueta?
- ¿Qué pasa?
Tomándola de la mano la avanzó a primera fila. Y también ella señaló el horizonte, musitando con cierto énfasis de entendida en la materia:
 - Mira, es España.

Y en medio de la bruma de ese amanecer, divisó una larga pero aún tímida hilera de luces que titilaban en la lejanía. La verdad, es que esa visión no le pareció prometedora en absoluto… y mucho menos al comprobar como a su alrededor, la gente, en su mayor parte emigrantes que retornaban o hacían una breve escapada, se abrazaban y estaban al borde las lágrimas. También su prima, que se hallaba entre los que regresarían a no tardar y que las acompañaba con su bebé, parecía emocionada.

Ellas, regresaban para quedarse, pero se hallaban todavía lejos de comprender en toda su magnitud, el alcance de ese hecho. El internado y su sensación de abandono, que terminaría por convertirlas a base de disciplina tantas veces absurda e incomprensible, en dos escépticas solitarias, curtidas y autosuficientes, era aún una huella desconocida en sus vidas, aunque estuviese tan solo a un paso de otoño. Su impresión, y quizás fuese esa la  primera vez que les sucedía,  se asemejaba mucho más a ese vacío en el estómago que dejan el final de unas vacaciones trepidantes y llenas de aventuras…  lejos de la rutina y la vigilancia estricta de adultos. No en vano, su provisional tutora,  a pesar de ser ya madre, no dejaba de ser poco  más que una adolescente, aunque en otra aventura muy diferente a la suya. Quizás por eso, les permitió la libertad rabiosa e indulgente  que sabía que pronto les iba a faltar. Fuese como fuese, ese, se convertiría en un periplo inolvidable e irrepetible…
   
Atrás, aunque para siempre en su memoria quedarían, desde la tormenta tropical que al inicio de esa travesía barrió las cubiertas de forma salvaje, descubriéndoles por vez primera, aún entre los vómitos del profundo mareo, la insólita belleza de una naturaleza bronca e indómita que ocasionó los desperfectos suficientes al buque, como para desviarlo y hacerlo recalar un par de días, que su prima supo convertir en exótica excursión indígena, en Jamaica, y que sirvió como contrapunto a la calma chicha en la que discurriría el resto del viaje en ese universo anodino y cerrado que resulta ser un barco de pasaje, donde todo acostumbra a estar previsto. Excepto ese afortunado e inquietante encuentro con los delfines que las acompañaron durante días y que tanto las hizo disfrutar con sus piruetas y sus voces a modo de cantos de sirena… y que noche tras noche mientras siguieron la misma ruta, penetraban para quedarse en el alma de todo aquel que las escuchaba. Maravilloso e imborrable patrimonio emocional. 

E imperecederas también esas noches, en las que la oscuridad profunda de altamar, sólo se desgarraba con las profusas fugaces de cola interminable, que se derramaban generosas en medio del alborozo de la chiquillería, que las coreaba durante los segundos que tardaban en desvanecerse… en ese otro abisal e insondable océano de estrellas en pasado. Uno, dos, tres… y que sobrepasando el diez, les arrancaba un arrebatado aplauso. Un mundo pródigo, pletórico de los sueños de una niñez corta y aún apenas contrariada… al que vete tú a saber qué o quién… ha tenido a bien regresarla esta madrugada. 




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viernes, 22 de marzo de 2013

Point of no return...

                                                              
                                                      Imagen de La mirada de cristal
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                                                          De Miquel
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En el camino de vuelta, una niebla rápida y espesa interrumpe la primavera, hurtándole a la vista la línea del horizonte y la senda. Unos minutos más tarde, una fría lluvia hace su aparición y la decide a guarecerse en una vieja cabaña de cazadores abandonada, que le cae de paso. Una vez instalada en el único banco de  la arrasada estancia, huele al polvo y a la humedad rancia de los lugares abandonados hace mucho. Solo se escucha el viento y el repiqueteo del aguacero en el tejado. 

En un momento dado, un pesado y extraño silencio la envuelve... de pronto, le da por pensar que no está sola, siente que en algún lugar del tiempo en ese mismo banco que fue ocupado por otras almas, le están preguntando no por la razón de su invasión sino por su marcha prematura. No sabe bien que está ocurriendo, pero percibe que no es una extraña entre ellos. Hay algo de ella en ese lugar. Como una huella de vivencias, de suaves ideas que trae el viento, susurrándole al oído la memoria de otra época ya pasada y olvidada… que se desgrana de nuevo ante sus ojos, como una melodía inalcanzable...

La asalta un escalofrío cuando alguien a su espalda, murmura un: “por fin escapaste y aprendiste el camino de regreso” mientras pasa la mano dulcemente por sus cabellos húmedos…

Al girarse, la lluvia ha cesado y ha oscurecido. Un remolino ha abierto de nuevo la ventana por la que se coló hace un lapso indefinido de tiempo y sabe que ha llegado el momento de partir. Una luna grandota y cercana la recibe al abandonar ese útero, del que sólo queda el estremecimiento del abandono de algo amado y un sutil aroma, que no le resulta desconocido.
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viernes, 26 de agosto de 2011

De lluvias y silencios...

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                                      Imagen extraída de Internet de origen incierto
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Finalizado el CD, un silencio extremo la distrae de la lectura y la aproxima a la ventana a indagar.

Oscurece.

Mientras se despereza delante de los cristales, el horizonte plomizo de un cielo encapotado en gris pero sorprendentemente nítido... parece observarla... La luz singular  que ilumina esa hora nona y un extraño mar calmo, impregnan la atmósfera de una inquietante sensación. Nada se oye, sólo el crepitar del fuego. Nada se mueve, sólo sus ojos, intentando abarcar desde el ventanal ese inesperado escenario, como si de un momento a otro se tuviese que representar, sólo para ella, el desenlace de una súbita tragedia.

Las primeras gotas caen mansas, sin prisa. Cierra la ventana al mismo tiempo que el primer relámpago refulge en el mar, cegándola por unos segundos. El chasquido seco de los plomos, amortiguado por el rugido del primer trueno, extingue la luz de la lamparita de rincón sumiendo la estancia en la penumbra. Una tiniebla rota únicamente por el fuego de la chimenea, que le confiere al ambiente un cierto aire fantasmagórico. A tientas, abre las cortinas hasta el quicio, como si de un telón se tratase. La función está a punto de comenzar.

Por unos segundos, cierra los ojos y respira hondo. Ama la lluvia en si. En todas sus formas.

Entretanto la tormenta comienza a descargar, piensa que es curioso que su primer recuerdo de lluvia, a pesar de haberse criado en el Norte y residir en el Mediterráneo, lo ubique en el trópico, donde vivió un breve espacio de tiempo en su infancia. Justo en la época de sus primeros recuerdos. Su memoria se llena por unos instantes de aquellos cálidos y torrenciales chaparrones, repentinos e irremediables, que tal como venían se iban, dejando un olor a polvo turbio y alborotado… en los que le gustaba calarse y chapotear con gran disgusto de su madre.

En su recuerdo, vuelven a caminar veloces los transeúntes pillados de improviso, precipitándose hacia el kiosco más cercano, del que la tempestad se hacía cómplice inesperada, en un intento vano de guarecerse bajo algún Diario comprado apresuradamente. Extraña costumbre que no ha vuelto a observar en ningún otro lugar.

Se asemejan vagamente a estos aluviones Mediterráneos, aunque aquí acostumbran a ir previamente publicitados de cielos anubarrados con relámpagos y truenos. Se deleita observando esas trombas detrás del cristal de su atalaya privilegiada y al revés que en el Caribe, aunque no siempre, la temperatura acostumbra a caer en picado despertando aromas de salitre cercano, hierba limpia y tierra mojada. De aquí, le asombra la aparición de los paraguas como por arte de magia, de una manera realmente peculiar. Como si todo el mundo supiera la hora exacta en que estallaría la tormenta.

Nada que ver con la lluvia del Norte, su preferida y fiel compañera de infancia. Pertinaz, fina, neblinosa... como un bálsamo fresco y suave que todo lo cubre con su manto de charol translúcido. Una evocación que siempre le trae olores de niñez, fragancias de verde profundo, efluvios de tierra madre y perfumes de madera húmeda. No huele igual un eucalipto que un roble o un castaño mojado...

La gente no se preocupa gran cosa de ampararse de ella, la tratan como a ese vecino incómodo y pesado del que sabes que es inútil huir. Si no te pilla por la mañana, lo hace por la tarde… pero si un día no te lo encuentras… te preguntas... ¿dónde andará? Lo que se traduce en un mirar al cielo a menudo, escrutando… y es que, si no se está yendo… está viniendo… Y al revés que aquí, nada se detiene en el Norte cuando llueve, aunque caigan chuzos de punta. Y si lo hace, es noticia de portada.

De hecho, llama la atención como muchos de los habitantes autóctonos de esas latitudes, niegan con una seguridad insólita, que llueva tan a menudo. En un mecanismo sólo comprensible, porque los hábitos, supeditan y aminoran las sensaciones primigenias. Buena muestra de ello es que, cuando llegó al Mediterráneo, le daba la sensación de que no llovía nunca… Y sin embargo lo hace, sin demasiada frecuencia pero sí con regularidad y sobre todo con gran intensidad. Como ahora.

Escucha atenta el sonido sordo y rítmico del rompeolas arrastrando piedras y arena. Cada vez más cercano.Y a intervalos, desde el puerto, asoma decidida una suave melodía tintineante de cabos contra mástiles, colándose resuelta sobre el rabioso aguacero que destaca cada vez más sobre el bramido de la tormenta, simulando alejarse despacio para después volver en ráfagas endiabladas aunque cada vez más espaciadas.

Pasa varias veces la mano por el cristal borrando el vaho que crece espeso. Afuera, el agua barre veloz la hojarasca arrancada de los castigados árboles de Diciembre, inmersos en los enfurecidos remolinos de viento que azotan ese crepúsculo. Ya noche. Y amainando.

Unos tenues golpes en el vidrio la sobresaltan. Uno de las gatos, empapado, pugna por entrar desde la terraza. Abre y lo envuelve en una de las mantas de sofá. Mientras su piel se complace en un agradable escalofrío, respira con fruición esa incursión de aire limpio y fresco de la noche recién estrenada. Al tiempo, la ya olvidada luz y Mozart... vuelven a invadir la estancia...  Cierra de nuevo para instalarse cómodamente en el sofá con su novela, junto a su Micifuz que ronronea sin cesar.
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miércoles, 22 de junio de 2011

"Flores de asfalto"... O de como el destino puede transformar un dia vulgar, en uno inolvidable...

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Dedicado a esas "Flores de asfalto" que todos nos hemos tropezado
en alguna ocasión.
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¿O es  que consiste su misión en verse, aunque sea un instante, al lado de tu corazón?...


I.Turguéniev
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Un mediodía de calima húmeda bajo el techo de uralita de la gasolinera, en unión del polvo que levantan unas obras contiguas agostean ese final de Julio, potenciando un calor que se convierte en agobiante y la golpea con saña al abandonar el amparo de la refrigeración del coche. Aprovechando que está en su proveedor habitual, donde la conocen desde hace años, puede permitirse ajustar la cantidad que desea que le dispensen desde el exterior, acercándose al interior sólo para pagar una vez haya repostado. Hay prisa.

Finalizado el breve diálogo con el empleado, introduce la manguera en el orificio del depósito esperando agotar el trámite con rapidez, lo que al fin, pondrá el broche a una larga semana… Es viernes, y está cansada de tráfico, móvil y clientes. Con ganas de concluir su jornada laboral para perderse en la playa con sus fierecillas. Seguro que están impacientes por verla aparecer. Pero el siempre imprevisto destino la espera con otros planes en uno de sus caprichosos  vericuetos...

La manga ha cogido aire, el carburante tarda mucho en salir y lo hace a trompicones; maldiciendo su suerte, de nuevo se dirige al empleado, esta vez con un punto de impaciencia:

-Roger! Esto no chuta ni patrás!!

-¡Voy! Espera un momento.

A pesar de los esfuerzos del dependiente, el surtidor sigue resistiéndose a funcionar como es debido, lo que provoca el cambio del vehículo a otro suministrador. El coche queda entonces situado justo al lado de la zanja de obras, a pleno sol. El combustible comienza a salir raudo, por fin sin problemas, pero esos segundos próximos a la polvareda de las obras bajo un Lorenzo de canícula, se le hacen especialmente lentos. Casi de inmediato, el calor mortifica su piel perlando de sudor su cuello y su espalda. En un vano gesto de defensa, que intenta ser de refresco, se recoge el pelo maquinalmente hacia arriba con la mano que le queda libre. Y es entonces cuando presiente unos ojos clavados en su nuca...

Al girarse para comprobar que ocurre, sorprende a uno de los cinco obreros de la zanja escrutándola atentamente, mientras éste a su vez, es observado por un compañero al que le ha llamado la atención su evidente ensimismamiento. Al abrigo del tráfico y el ruido ensordecedor de las máquinas que utilizan, comienzan a hablar entre si, como si ella no existiese...

-¡tás embobao, chaval! ¿qué miras?- obrero 1 a obrero 2- con un deje de chanza en el tono-

Como pillado en falta, su compañero aparta la vista y sin dirigirse a nadie concreto, responde a su colega en apenas un murmullo, aunque en realidad está hablando para si mismo, en un tono impregnado de cierta tristeza que roza la resignación.

- A pesar de la distancia, el estruendo de las máquinas y aún de espaldas, vete a saber porqué... la respuesta es perfectamente audible y llega nítida a sus oídos-

-Lo que ya… nunca… voy a poder tener… -es evidente que se refiere a ella, o mejor dicho, a alguien como ella-

Después de cerrar el depósito, en el breve trayecto en que se dirige a la caja a pagar, tiene tiempo para escuchar las carcajadas y chascarrillos del resto de operarios a costa del comentario de esa extraña “flor de asfalto”, que el azar ha tenido a bien cruzar en su camino. En esos momentos, más allá de análisis alguno, le duele escuchar esas risas que le suenan a escarnio. Siente, que es como si se rieran de él por su causa...

Siempre ha huido de ser el centro de atención en ningún sentido y cualquier clase de lisonja aparente, acostumbra a parecerle una estupidez que roza el vituperio… por eso suele hacer caso omiso, aunque sepa agradecerlos si hace al caso, de halagos y galanterías cuando los cree sinceros, pero ¡vive dios! que en su ya larga memoria  a punto de cumplir los tropecientos, no recuerda que nunca le hayan dicho nada semejante ni más bonito. Y encima, sin dirigirse a ella en ningún momento.

Cuando llega a la ventanilla para abonar la compra, son evidentes dos cosas. Una, que sin importar en qué términos, en la zanja se está hablando de ella, la otra, que se la ve entre confundida y asombrada. Aún sin saber muy bien que ocurre, Roger, se ha percatado de que algo fuera de lo ordinario se está cociendo en su territorio e  intenta averiguar de qué se trata al preguntarle si la han molestado. Hace tanto tiempo que reposta y toma café ahí, que aunque entre ellos no existe una relación de amistad, si se ha desarrollado la típica confianza y familiaridad de los viejos conocidos.

-No, no, para nada. A mí, no. Pero… ¿puedo pedirte un favor, Roger?

-Sí, claro. Tú dirás, pero llevas una cara… que miedo me das!

- No te preocupes, pero estate atento por si acaso, y no te extrañes de lo que veas ¿vale?

-O.K.

Roger, se queda ojo avizor, en el umbral del despacho, observando como su “protegida” se aproxima hacia el coche con paso seguro y gesto de determinación en el rostro. En su actitud, hay un leve desafío al buscar los ojos de cuatro de los cinco hombres de ese foso entretanto sigue caminando. Los obreros, pillados por sorpresa, se quedan como en suspenso… presienten que algo no habitual, está a punto de suceder… Ella sigue avanzando, mirándoles de hito en hito. A todos, menos a uno.

Por fin, se planta decidida delante de ese “uno”, justo en el borde de esa trinchera ocasional y extendiendo la mano hacia él, en voz alta y clara le formula una pregunta:

-¿Me das un beso?-

Alguien para las máquinas, y de pronto, en ese reducido espacio se abre un inaudito cosmos que queda aislado del fragor urbanita en una extraña burbuja, donde un silencio no exento de cierta tensión se pone de manifiesto de forma palpable...

Hay un imperceptible tiempo aparte, en el que sus miradas quedan atrapadas durante unas milésimas de segundo que se prolongan indefinidamente. Ambos, están fuera de la realidad ordinaria, a sabiendas de que no hay posibilidad de punto en común alguno… que no sea esa etérea y singular luz del desencanto, que late al fondo de sus pupilas… Es, sin importar el objetivo de ese azar cósmico, como si ya se conociesen…  los dos tienen la certeza de que "eso" debía ocurrir ese día, a esa hora… También, que no volverán a verse jamás.

En cronología real, no se lo piensa ni un segundo. Como puede, se limpia las manos llenas de tierra en la camiseta y contra todo pronóstico, toma la mano que ella le ofrece y de un brinco ágil para su envergadura, salta de la zanja a su lado. Sin decir nada, la toma por la cintura al tiempo que la sujeta por el pelo… suave pero con firmeza… como si tuviese miedo de que ella fuese a evaporase en el último instante… y se funden en un inesperado, pero no por ello menos apasionado abrazo, aprovechando a fondo esa única oportunidad que les brinda el veleidoso destino.

Finalizado ese tiempo de gracia, un tanto turbado en medio de los aplausos y silbidos de sus compañeros, a los que se han unido algunos espontáneos que se hallaban repostando atentos al lance, no sabe muy bien donde mirar o poner sus manos, pero es capaz de articular unas torpes pero sinceras gracias.

-oye… que yo no quería… bueno sí, pero…. Nada, que ¡muchas gracias! Ha sido un regalazo.

-De nada. Ha sido un placer y un privilegio. Adiós.

-Adiós...

Esa noche, mientras fuma un último pitillo bajo una luna cómplice que baña su reflejo en un mar de oscuros destellos, una sonrisa baila en sus labios al pasar revista a ese fugaz momento de comunión, que por un insólito azar causal ha pasado a formar parte de su historia personal.

domingo, 1 de mayo de 2011

Softly as in a morning sunrise

                                           Imagen extraída de Internet de origen  incierto
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Un viento de sueños sopla aún en la ventana de esa madrugada. La tormenta, se desvanece en una brisa húmeda que resbala en gotas por los cristales. Mientras, la ciudad se recorta todavía en neón en su retina, a punto de levantarse al compás de un sol remolón que estrella sus primeros rayos a lo lejos… en un mar plácido que se demora sosegado en las últimas sombras nocturnas.

Pero la luz, inexorable, sigue su avance.Como la vida.

En la calle, el quiosquero le sonríe mientras ordena la prensa y los repartidores comienzan a invadir los chaflanes. Los primeros bares suben su persiana. Hace fresco… huele a lluvia… a ausencia de smog, a café urbano y a pan recién horneado. El sonido del trote acompasado de sus deportivas salpicando, se esconde en los diminutos micrófonos de su i-Phone que pone la banda sonora. Sony Clark. De un momento a otro los faros de los coches dejarán de espejear en el asfalto mojado.

Amanece.
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miércoles, 5 de enero de 2011

Un encuentro inesperado...

http://www.flickr.com/search/?w=all&q=bcnbits&m=text
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Para Sara
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Ya oscurecido, con la noche en la piel y la ajena Navidad en el bolsillo a punto de helarles el corazón, el bullicioso café se queda vacío, habitado únicamente por las últimas conversaciones que se van tornando murmullo poco a poco... sólo se escucha como en sordina, el remedo de una triste sinfonía con sabor de soledad, ejecutada por el eco de las cucharillas y la vajilla golpeando contra los mármoles.


Saben que ha llegado la hora de despedirse… pero les cuesta, casi tanto como les duele. En tan sólo unas horas, después de toda esa ausencia que un día creyeron poder ahogar marchando en direcciones encontradas, de nuevo se abre esa brecha oculta que les araña por dentro a la callada… y vuelven a negarse mutuamente en el silencio de una mirada sabida.  Sin esperanza.

- Señores, si son tan amables… estamos a punto de cerrar… -el camarero deja la cuenta encima de la mesa con discreción para seguir su rutina-

Se levantan al fin, disimulando el esfuerzo y dejan de conversar. Se impone sólo hablar... pasar al refugio trivial de las obviedades... 

- Nos vemos…
- ¡Claro!
- Nos llamamos…
- O.k.
- Un beso.
- Adiós.

Pero revivir ese tiempo pasado les ha vuelto a unir momentáneamente en la forma que sólo puede hacerlo una invocación complaciente.
Ella piensa, que a menudo se es más feliz en el recuerdo que en el presente vívido y vivido. Sobre todo cuando existe otra orilla que confirma tus sensaciones y a la que te une un bello pasado en común, que un acaso probablemente cruel, ha tenido a bien arrancarles al reunirlos de nuevo para rememorarlo. Pero más allá del placer de la vida en estado puro… hoy, no quiere ir más a fondo en su análisis… Quizás mañana.

Él piensa, que cuando salga por esa puerta, con ella, se va el único trozo de su alma que no está condenado… Y se maldice mil veces más por dejarla marchar ... sintiendo de nuevo esa llama latente, que siempre sabe cómo consumirle en un recuerdo inaplazable… y desea que se apague de forma sencilla. Definitiva. Como ocurrirá en breve, con ese firmamento de estúpidas luces artificiales, vislumbradas tras los vidrios de ese local, donde un azar causal les ha unido de nuevo por unas horas.

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miércoles, 9 de junio de 2010

Recuerdos de un verano en ciernes

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Camina cuesta abajo sin prisa, por una calle estrecha y luminosa de un barrio residencial muy característico, lejos del centro. En ese semi silencio típico de los lugares tranquilos. La ciudad vertical cede ahí el paso a chalets y a alguna que otra casona señorial. Una brisa suave mezcla aromas de jazmín, salitre y hierba recién cortada.

Escucha sus propios pasos sobre la acera, salpicada de las buganvilias que el calor incipiente ya desnuda. En esa calle solitaria se respira una paz llena de vida, mucho más que en cualquiera de las grandes Avenidas llenas de gente y de comercios de lujo.

Poco a poco, se abren paso los ruidos cotidianos de la ciudad despertándose de la siesta. El sonido peculiar de la persiana del Kiosco cobrando vida de nuevo, los pasos de una madre apresurada de camino al colegio, algún coche... El rumor amortiguado y lejano del tráfico en una arteria cercana... El timbre de la bicicleta de los chavales la distrae un momento, pero la esquina engulle rápidamente su bullicio y el silencio la envuelve de nuevo.

Alza la vista hacia un cielo sin nubes, como un espejo de un azul rabioso. Al bajarla, por encima de las tapias de los jardines, distingue las copas de lo árboles verdes y espesas. Ahítos los oídos de música firmada por el coro de gorriones y golondrinas de un verano en ciernes. Un gato callejero y curtido en mil batallas, la observa inquieto desde la ventana de una torre abandonada e invadida por la maleza.

La vida la rodea con su pálpito, mientras respira serena pero a pleno pulmón. Es agradable sentir como le mece el ánimo y el flequillo esa brisa templada, casi caliente, de ese final de primavera. Deja que se apropie de cada rincón de su piel y le entrega hasta el cerebro... el Nirvana debe de ser algo parecido.

A punto de abandonar la adolescencia, es una de esas primeras veces en que sin explicación racional alguna, presagia que comienza a controlar su vida. Esa sensación la hace sentirse especialmente bien dentro de su piel. Casi una hazaña a esa edad.

El mundo, tal como lo percibe en esos momentos, le parece un bocado fácil de digerir. Piensa que quizás hoy sucederá algo especial, aunque no sea así. No hay nada de particular en su vida, como en la mayoría de las vidas. Pero aún no lo sabe, ni le importa. Lo que quiere, es retener el bienestar profundo de esos instantes en su memoria a lo largo de los años. Ahora, con la perspectiva del paso del tiempo, da por supuesto, que aparte de la benévola meteorología y la belleza exquisita del lugar, sólo se trató de un ataque de hormonas adolescentes en plena primavera.

Pero le gusta recordarlo.


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http://www.youtube.com/watch?v=KcFJNN4I3N0

domingo, 11 de abril de 2010

Amanece, que no es poco...


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Dedicado a dos pequeñas almas desconocidas.
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Recién iniciada la marcha, el sonido del convoy en el túnel la mece dulcemente. Mientras se ajusta los auriculares que acaba de proporcionarle la azafata y busca el canal de clásico, su mirada se extravía en los grafittis que invaden los solitarios y desmantelados tinglados de renfe, que muestran el aspecto lúgubre y un tanto siniestro que acostumbran a tener los lugares abandonados hace mucho.

Sin importar si van o vienen, en una especie de recogimiento religioso, da la impresión de que el silencio y una cierta sensación de desamparo invade a la mayoría de viajeros de una forma casi palpable al pasar por ahí. Sobrecoge el ánimo sin un motivo concreto... Al tiempo que se sienten a salvo en el confort de su butaca, en el ambiente vuela un “estamos dentro, eso no nos atañe”. También los sabe imbuidos de ese arañazo que da la soledad en el alma. Como una antigua sensación de desolación del sentimiento ya olvidada... y que no apetece recordar...

La cadencia del soniquete del trasporte cambia su ritmo, amortiguándose al abandonar el túnel y salir al exterior. La ciudad sigue sombría, sumergida en una niebla húmeda y viscosa que mitiga esas primeras luces que se ven en los edificios de los aledaños urbanos que se suceden cada vez más deprisa. Todo está en gris, no hay ni un alma en ese amanecer. Sólo un hombre acompañado de dos niños, revuelve en un montón de chatarra sin prestar atención al tren.

Ellos miran el paso del convoy, quizás esperando escapar en él... y por unos breves instantes, su mirada queda atrapada en la desesperanza de esos ojos infantiles que le estremecen de nuevo el ánimo. Piensa que no quiere olvidarlos, pero sabe que lo hará.

En el único consuelo de los arpegios de un Bel di Vedremo en la voz de María Callas, la serpiente de hierro llega a campo abierto… el sol despunta a lo lejos...

A punto de dormirse, piensa que nunca le ha gustado viajar en tren.
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martes, 24 de noviembre de 2009

Cuarto Creciente...


http://www.flickr.com/photos/enigmatico757575/3677072429/in/photostream
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El relente de esa noche clara de Noviembre se refleja bajo la luz de las farolas en forma de fina neblina. Parece que por fin el padre invierno accede a mostrarse. Ella, cobija sus manos heladas en los bolsillos de la chaqueta y avanza hacia el cajero. Él, está fuera en la calle, sentado en el suelo, justo en la entrada del vestíbulo y no es viejo… Por un extremo de la manta sucia y raída asoma su mano derecha sujetando una botella de ginebra medio vacía, por el otro, aflora su zarrapastroso calzado; la mano izquierda como olvidada, exangüe sobre la acera como si no le perteneciera. Una masa compacta y opaca de pelo de un color indefinido, enmarca una mirada derrotada que parece abismada en la nada. Perdida en el firmamento…

La urbanita que vive en su interior valora veloz la situación y decide que esa triste figura es inofensiva… A medida que se aproxima, su humanidad le llega en oleadas como una amalgama de efluvios a sudor, humedad rancia y aliento metálico. Sólo cuando llega a su altura, se percata de que sus ojos no vagan sin rumbo como pensó unos metros más atrás. En realidad está observando el cielo nocturno atentamente.

Sin detenerse, de una manera inconsciente ralentiza sus pasos durante un segundo imperceptible e instintivamente alza la vista en la misma dirección. Al bajarla, él, atrapa sus ojos en los suyos y su mano izquierda abandona la acera por unos instantes para señalar una maravillosa Luna escarchada en cuarto creciente, sumergida en un brillante y vaporoso halo Novembrino...

- Una voz suave le indica en apenas un murmullo:


-¿Ves esa estrella tan cercana? –Ya no la mira-

-¿A la Luna? -pregunta ella fascinada-

-Sí, ésa. Es Júpiter…y un poquito más a la izquierda… debería estar Neptuno… Hoy se ve especialmente bien… es porque están en Capricornio… seguramente a finales de Noviembre… -su tono denota una nota interrogante, esperando confirmación-

Ella asiente con la cabeza, sin dejar de mirar a esa bóveda que los ha unido en ese único y mágico trance. Mientras... una tenue luz azul invade ese rincón, hace tan sólo un momento teñido en gris anodino... y pinta un esbozo de sonrisa en ambos rostros.

-Piensa en decirle algo más… pero él, de nuevo está muy lejos...

Al salir del cajero susurra un adiós. Los dedos de su mano izquierda se mueven de nuevo sobre la acera… en un gesto que sabe para ella…

lunes, 21 de septiembre de 2009

Fugacidad...







http://www.flickr.com/photos/josempcedi/838786014/
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Entra en la azotea oyendo el sonido de las sábanas ondeando con fuerza. Un vendaval húmedo de levante las hostiga haciéndolas restallar. El latigazo del viento le enmaraña el pelo delante de los ojos, dificultando la retirada de la colada. Cuando termina se aparta las greñas hacia atrás en un gesto maquinal, mientras apoya el barreño rebosante de ropa en la amplia balaustrada.

Siempre que sube hasta ahí le gusta hacer una pausa en sus quehaceres para  quedarse un rato disfrutando del cielo y del paisaje. Ya se perciben los días  claramente más cortos y el sol, ya muy bajo, promete un crepúsculo esplendoroso... su paleta de luz sesgada comienza a pintar de rosa el horizonte y las nubes, presurosas, corren veloces empujadas por el céfiro.

¿Adónde irán?.

Es ese momento en que el verano, ya agotado y cansado, comienza a coquetear con el Otoño. Mira hacia la alameda con su arboleda espesa aún espléndida y piensa que en breve ejecutará su anual sinfonía de dorados, colmando sus caminos y veredas tan bien dispuestos, de la hojarasca sobre la que tanto placer le da siempre caminar. Es un poco como volver a ser niño… ¡pero que lejos queda eso!

-¿Mamá?

-Sí…

-Ah! Estabas aquí.

-Es que necesito, bla bla bla...

-Bien, vamos pues…

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